El taxi ya costaba 500 Bahts, y algo me decía que los 5.000 que había sacado a la llegada en el aeropuerto no iban a ser suficientes. Nos adentrábamos en Bangkok, una jungla de turismo sexual de la cual no teníamos intención de formar parte.
Nos fuimos directos a Khao San Rd., una concentración de turismo que ni un átomo sería capaz de albergar. Bares, tiendecitas, albergues y hoteles se apilotonan en las aceras hasta tal punto que resultaba imposible distinguir lo uno de lo otro. Los primeros instantes en susodicha calle ya dejaba entrever que no íbamos a apreciar el lugar, y que saldríamos pitando de allí. Pero, ¿hacía dónde?
La mañana pasó a tarde tras unas horas durmiendo en la habitación, y la salida a la calle resultaba todavía más impactante. El paseo por la calle parecía imposible. A cada paso te asaltaba un conductor de taxi o tuk-tuk o un simple guía que te ofrecía Bangkok a las mil maravillas. Entre uno y otro, además, tenías que ir esquibando a las diferentes señoras con un gorrito en la cabeza, que supusimos era el típico gorro Tailandés, algo así como el gorro mexicano que se vende en Las Ramblas, y que intentaban venderte, desde el mismo gorro, hasta unas ranitas de madera que emitían un ruido, nada parecido al de una rana.
Unas horas sentados en la terraza de un bar nos permitía observar la especie humana en su imagen mas básica. Hooligans borrachos, mayorcitos y no mayorcitos bien acogidos por alguna chica Tailandesa, cuerpos semidesnudos paseandose por las calles, y vestidos apretados enseñando todas y cada una de las curvas que emitian los cuerpos de chicas y lady boys Tailandesas a modo de reclamo para entrar en los bares.
No se observaba sexo directo, pero estaba en el aire, en los gestos, las miradas, las intenciones. La imagen mas cruda del turismo sexual seguía latente en la misma calle en la que se creo, Sukhuvit Rd., donde aun a las once de la mañana ya se respiraba sexo puro y duro. Sólo decir que en los bares no se veía ni una turista extranjera. Pero tampoco hacía falta cruzarse toda la ciudad para ver o tener algo de sexo, sólo tenias que dar dos pasos y alguien te ofrecia Boom, Boom, un ping-pong show, o un masaje. Un surtido de chicas se te desplegaba en las narices, y un no, en ocasiones, no era suficente. Y si pagar no es lo tuyo, ningún problema, un par de horas de un bar o una disco y algo de morro, y asunto arreglado. Aquí todo el mundo está dispuesto.
Duramos una noche en esta jungla de ocio, de vicio. El dónde que se nos había planteado al llegar obtuvo una rápida respuesta. Koh Tao.
Sunday, September 28, 2008
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