Saturday, October 4, 2008

...y fuera de ella.

Ya habíamos salido de Bangkok, sin una ruta muy establecida, pero que tarde o temprano nos acabaría llevando a la Full Moon Party en Koh Pha-Nga, pero de la cual hablaremos más tarde. Y aunque nuestra primera parada era Koh Tao, tampoco es el momento de hablar de esta tranquila isla del este de Tailandia.

La cuestión que se plantea aquí es el sexo latente en todos y cada uno de los rincones del país. Parecía como si toda ciudad o pueblo tuviera su Sukhuvit o Khao San Rd. Y Koh Tao no era una excepción, simplemente que no nos movimos de nuestra calita. Pero tanto Koh Pha-Nga, Kanchanaburi, Ayuthaya o Phuket tenían su lado más oscuro.

En Koh Pha-Nga solo tenías que ir dirección a Hat Rin, y aún sin llegar, a cada lado de la carretera te encontrabas bares. Los letreros lumisosos eran los estandartes, las banderas, pero el frente de batalla era la primera imagen que uno recibía al ir conduciendo con la moto. Un pelotón de chicas y lady boys listas para atacar tu cartera a cambio de algo de sexo te hacen señas y llamadas insinuantes para que caigas en la trampa. Pero sólo cae el tonto o el que lo busca, pues la mayoría estaban vacíos.

Y la misma imagen era desplegada en una u otra calle de cada ciudad, generalmente donde iba a caer el turista. Kanchanaburi no tenía escapatoria, si querías una cerveza sin presión alguna, o te quedabas en el hostal o en un excéntrico lugar lleno de libros y una tele donde sólo tenías la opción de un taburete. Sólo 4 disponibles. Nosotros fuimos más afortunados y encontramos, escondido en un callejón un bareto con billar, sin pretenciones, sólo risas y buen rollo.

Ayuthaya apenas la descubrimos. En total diría que recorrimos 4 calles y para de contar, pero seguro que escondía su nido de víbora en lugar de la ciudad.

Un inocente paseo por la ciudad de Phuket, donde parecía haber sólo turismo "high standard", por los precios y la calidad de la comida, me llevó a lo que creía yo, era una zona residencial. Y en efecto lo era, sólo que en dos calles de no más de 100 metros cada una se encontraban los peores vicios de Tailandia. Una calle estaba dedicada a apuestas, con mesas de billar y caras que parecían sacadas de una película sobre la mafia italiana, pero sin los refinados trajes. La otra calle era un burdel en toda regla. No se hacía propaganda, apenas había en cada local un letrero con la dulce cara de una chica Tailandesa. Ninguna se parecía a la de la foto.

Y sin ganas de ver más de lo mismo, no parecía tener sentido seguir visitando el país.

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